​En el silencio descubrí…

“¿Alguna vez les pasó que fueron a visitar el Santísimo y estaba solo? Puede parecer un poco imposible, pero en efecto a mí me sucedió recién y fue una experiencia radical. Una de esas tardes poco convencionales dónde estaba libre del trabajo pasé por una parroquia que me quedaba cerca de un destino que debía visitar en una media hora. Nunca había entrado allí, pero algo que aún desconozco me motivó a entrar a echar un vistazo.

Desde la entrada del Templo pude divisar la capilla del Santísimo, señalada con un letrero y una puerta blanca que impedía ver con anticipación si estaba llena o no. La verdad es que no me gusta ir al Santísimo cuando está muy lleno y mis motivos los considero dignos: siempre hay bullicio y el entrar y salir de las personas puede causar un ligero tranque o situación para los puestos de la capilla. Tenía semanas sin visitar el Santísimo (aunque pasaba cerca del mismo todos los domingos cuando iba a Misa) por lo que me sentía en la necesidad en ese preciso momento de entrar y hablar con Jesús por un rato. Mi impresión sería enorme al entrar: estaba vacío. Ni una sola alma estaba en esa capilla (pudo influir la hora), tomando en cuenta que yo sólo estaba por esos lares por mi día libre del trabajo.

Pensé en irme, pero nuevamente algo me arrastró a sentarme en la segunda fila y empezar a orar. Debo decir que mi diálogo con Jesús es un tanto informal, lo siento como si hablara con un amigo, pero generalmente hablo, hablo, agradezco, pido, hablo más y me voy. Esta vez, Jesús me hizo escucharlo…Oré como siempre y cuando terminé de hablar dentro de mi cabeza, en lugar de irme, me quedé allí contemplándolo. Y fue hermoso. Fue algo vulnerable. Fue un “shock emocional” que aún estoy tratando de asimilar. Estar sola hizo su efecto en esa capilla y por primera vez sentí que el silencio era sinónimo de un eco tan fuerte que me asustó. En el silencio descubrí que huyo a muchas cosas, que aunque siempre ando alegre, es una máscara superficial de miedo a que el tiempo juegue conmigo de forma negativa, a que me pause de sueños y que no permita experimentar ciertas emociones nuevamente. Descubrí que estoy inconforme con muchas cosas en mi vida aunque no tenga bases sólidas para sentirme así y pude escuchar mi mente resonar en mil recuerdos que he borrado de redes sociales, de conversaciones, pero no del todo de mi corazón. Ese silencio hizo que Jesús se manifestara para decirme: “no hija, no puedes controlarlo todo”. Y eso está bien.

No todo fue malo en el silencio, porque me hizo ver que ya puedo recordar cosas sin llorar, que mis fortalezas están cada vez más opacando ciertas debilidades emocionales y que tengo sueño porque mis ganas de vivir la vida están en aumento, no en proceso de abandono como antes. Descubrí que aunque huyo a muchas cosas, he aceptado la realidad de forma alegre, sin represiones, sin rencores y sin ánimos de volver atrás, porque ahora sé lo que valgo o cómo Dios quiere que viva: feliz. Por eso, ese silencio que sacó a flote mi vulnerabilidad a no querer afrontar ciertas cosas me hizo ver también que he podido desligarme de todo lo tóxico que me hacía correr antes por una vía de estrés y poca ilusión.

Fue una media hora intensa y no hubo necesidad de tantas palabras, Jesús me escuchó e hizo que yo sintiera lo que ya sabía y lo que aún ocultaba dentro de mí. Salí de esa capilla con el corazón palpitando fuertemente y en lugar de tomar un taxi hasta mi destino, caminé mientras  aprovechaba la brisa vespertina para relajarme un poco y asimilar lo que había sentido, recordado y lo que me tocaba hacer con eso. Te invito a que cada vez que visites el Santísimo estés listo para dialogar con Jesús en serio, porque Él sólo quiere que seas feliz.”

Texto escrito por María Gómez, Colaboradora de DHCatólico, desde Panamá