Cuando el álter ego católico ataca

La verdad es que no importa si eres el coordinador de catequesis o el director del coro, si tienes 5 o 2 años sirviendo en un grupo, si eres comunicador católico o si eres el mejor amigo del sacerdote, al final nada de eso cuenta en tu vida espiritual. Se supone que si somos personas que servimos al Señor y la Iglesia y estamos en sus caminos, la humildad y el servicio deberían ser mayores según el cargo que tengas. Primero que todo, ¿por qué existen los cargos? Pues las cosas siempre necesitan cierta organización y puestos para mantener el orden, sin embargo, estos cargos que se asignan meramente como un apoyo a la distribución de tareas, no te convierten en un inmune a la espiritualidad ni te eximen de ello, al contrario, mientras más responsabilidades o cargos tienes en la Iglesia más fuerte debería ser tu conexión espiritual con Jesús, no sólo en los conocimientos teologales sino en las actitudes que desarrollas a través de la oración.

Pero, como muchas cosas en esta vida no tienen sentido, suele pasar que las personas que más cercanas están en el servicio eclesial nos dan una no tan grata sorpresa en ser los que al parecer menos espiritualidad posee. Sí, aquellos que se les sube un poco su tono de egocentrismo y poder sólo por ser amigos de un sacerdote o por tener alguna responsabilidad pesada y piensan que son inmunes a la oración y que con su trabajo eclesial ya están salvando su alma. Créanme, desearía con todo mi ser ver una iglesia llena de personas humildes y cuyo único interés es ayudar al prójimo, sin embargo, los protagónicos de la historia suelen ser personas que toman su cargo para presumir y hacer todo conforme a su propio beneficio, pisando sin mirar abajo a personas que buscan trabajar dignamente y sin importar sus opiniones, crean un plan de trabajo o de mal mercadeo católico dónde mandan ellos, figuran ellos y al final se llevan los créditos ellos.

Más qué poner en prueba algo que suele pasar entre los laicos que asisten a la parroquia, me entristece ver cómo en nuestro entorno que debería ser de paz, humildad y armonía pueden llegar a darse estas cosas. Y afecta en un grado bastante pesado porque no sólo se trata de las actitudes que pueden tener estas personas sino del impacto que generan en el resto de la comunidad. He visto ideas brillantes tiradas en la basura sólo porque no quieren ayudar a otros hermanos dónde los créditos no sean suyos y he visto y escuchado conversaciones dónde dentro del mismo Templo matan a punta de comentarios y chismes a personas que luego andan saludando con aires hipócritas. ¿Dónde queda entonces ese hermoso llamado a ser una Iglesia llena de riqueza espiritual y obras de misericordia?

¡Seamos genuinos! Estamos llamados a evangelizar, a servir, a dejar de lado las ganas de figurar para ser meros instrumentos de amor y así atraer más personas al Reino de Dios. Pero con esas actitudes no podemos. Dejemos algo claro: ni el puesto más grande en la iglesia te quita la necesidad de estar cerca de Jesús a través de la vida espiritual, la Eucaristía y la confesión.

¿Quieres ser de verdad un ejemplo para la sociedad y ayudar en la conversión de las almas? Empieza por convertirte tú mismo, porque pisar la Iglesia de forma diaria no te convierte en santo si tus acciones y comentarios van por una onda completamente opuesta. Seamos amables, repito: humildes, dejemos las apariencias y busquemos esa armonía que a veces falta entre nosotros mismos que trabajamos como comunidad en la parroquia. Y comprendamos que nuestro rol en la Iglesia no tiene sentido alguno si no lo tenemos conectado permanentemente con nuestra vida de oración y acciones significativas rumbo a la civilización del amor.

Escrito desde Panamá, para la gloria de Dios, por María Gómez, colaboradora de DHCatólico

 

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