Intenciones vs acciones

Ayer mientras subía las escaleras del paso elevado vi a un señor de unos 60 años tirado en el suelo con un vaso algo dañado pidiendo dinero. Me sentí muy mal por su condición, sin embargo no le di dinero. Luego, un hombre subió al Metro Bus pidiendo apoyo para su hija, la cual necesitaba una operación urgente en uno de sus ojos. Su alcancía pasó cerca de mi asiento, pero tampoco le ayudé. Ese mismo día en la noche salí con unos amigos a celebrar el cumpleaños de Marianella y rumbo al restaurante vimos a unos chicos de una fundación con una hermosa labor recaudando fondos en las calles para brindar un mejor futuro a un grupo de familias, sin embargo, no nos detuvimos a ayudarles. Ni tampoco me detuve frente al violinista del día siguiente en el Metro para darle algo para su almuerzo, sólo pensé que merecía una mejor vida. ¿No te ha pasado que vas por los pasillos de algún lugar y ves a un amigo mal, llorando literal y piensas en ayudarlo pero por miedo o dudas internas terminas alejándote? O quizás sabes que una amiga necesita ayuda pero no te animas a preguntarle porque sabes que implica perderte un capítulo de tu serie favorita por escucharla. Solemos quedarnos en las intenciones de nuestra mente pero nunca cometemos acciones memorables para ayudar al prójimo.

¿Qué podemos hacer? Pues actuar, así de simple. No basta con desear el bien al prójimo o una mejor vida a aquel amigo que está por las calles sin hogar, se trata de ponerse los pantalones y hacer algo al respecto. Y está bien, hay gente que le gusta formar parte de fundaciones y ayudar con su donación mensual o ser padrino o madrina de un niño sin familia y todo eso está bien, sin embargo no todos podemos realizar acciones tan grandes o sociales y podemos en los pequeños detalles llevar sonrisas y cambiar al mundo desde nuestra realidad. ¿Se puede cambiar el mundo con pequeños gestos? ¡Claro! Y precisamente a eso te quiero invitar hoy. Está perfecto querer formar parte de una fundación o hacer donativos a grupos que necesitan ayuda, pero hay miles de personas tanto conocidas como desconocidas que necesitan apoyo y no podrás ayudarlos por una fundación, sino desde tu tiempo, dedicación y apoyo. ¿Cómo? Aquí una breve lista:

    1. Deja de ignorar a los que están necesitados: sé que miras a diario a muchas personas en la calle pidiendo algo de dinero para subsistir, dales esa pequeña luz de esperanza y ofréceles tu sincera donación, independientemente de para qué usen ese dinero, tú estás siendo una persona que ayuda al prójimo. Si quieres verlo también como algo más personal y conocer a algún indigente que sueles ver a diario, date la tarea de ayudarlo cada vez que puedas, como un padrino anónimo. Puede que no se acuerde de ti y seas uno más que lo ayuda o que se acuerde de ti y hasta te salude con esperanza y alegría al verte.
    2. Motiva a tus amigos a hacer grandes cambios positivos: si estás en un grupo juvenil promueve las obras de misericordia y pónganse de meta realizar una al mes para iniciar. Visiten a los enfermos, prediquen la Palabra en la cárcel, exploten sus talentos y con búsqueda de donaciones o cuotas del grupo brinden algo de ayuda a aquellos que más lo necesitan. Para trabajar mejor pueden proponerse un destino o grupo que atender al mes y así brindar una ayuda más personalizada.
    3. Escucha: a veces nuestras acciones no van por la línea de un apoyo económico sino de sentarse y darse el tiempo de escuchar y apoyar a un amigo… o un desconocido. Se dice que el tiempo es mucho más valioso que el dinero, ya que muchas de las batallas internas o heridas que tenemos se puedan calmar y resolver por una buena plática o un hombro donde recostarse a llorar de vez en cuando. Si ves a un amigo mal no te vayas adonde otro amigo a preguntar qué le sucede, ve tú mismo y bríndale ese tiempo y consejo que de seguro necesita. Y si se trata de un desconocido, practica la empatía. Hace unos días escuché una noticia de que en Japón hay un tipo que es millonario porque le pagan por escuchar a los demás. Lo llamas, separas una cita y él va contigo a un restaurante a conversar y te escucha y aconseja dependiendo de tu realidad. ¿Personas haciéndose ricas por escuchar? ¿Acaso tenemos que llegar a ese extremo de pagarle a alguien porque nuestros seres queridos no reciben atención nuestra? Recapacitemos.
    4. Oración + acción: siempre es necesario orar por nuestros hermanos y por aquellos que no tienen una realidad muy gratificante, sin embargo si está en tu posibilidad extenderle una ayuda más tangible o darle un apoyo económico o social, ¡hazlo! No te quedes de brazos cruzados esperando que alguien más haga la labor que tú pudiste haber efectuado. Las personas necesitan de nuestra constante oración para recibir fortaleza espiritual, pero también requieren de ese empujón físico y material para salir delante de su situación o llevar la vida con una carga un poco más ligera. Seamos esos agentes de cambio que deseamos ver en la sociedad y dejemos de juzgar o cuestionarnos si la ayuda que ofrecemos será de valor o si la persona está diciendo la verdad de su situación, al final, la satisfacción que nos llevamos de ser misericordiosos, bondadosos y entregados sin esperar nada a cambio será ese sentir de alegría que nos impulsará a seguir ayudando y así poder colaborar con un granito de arena en la humanidad que tanto lo necesita.

 

 Escrito, para la gloria de Dios, desde Panamá por María Gómez, colaboradora de DHCatólico