Reseña de un peruano sobre la visita del Papa Francisco

No puedo negar que aún sigo emocionado, que aún me palpita el corazón sabiendo que he tenido la suerte de ver en más de una oportunidad al Santo Padre. Mis oídos aún escuchan las barras convertidas en cantos para su Santidad: “¿cómo no te voy a querer?, ¿cómo no te voy a querer?, si eres el Papa Francisco, Vicario de Cristo que me viene a ver”. Aún puedo seguir viéndote en todos los canales de televisión que, bueno o malo, seguían comunicando acerca de tu visita o a las personas que llevaban a sus enfermos como lo hacían con el Maestro hace más de 2000 años.

Estos últimos días han sido de una alegría indescriptible, ver salir a las calles a millones de personas solamente para saludarte o para mirarte apenas unos segundos resumen una mezcla de emociones que sencillamente eran pagadas con una sonrisa o una mirada. Y es que, parafraseando a un compositor, que acaba de fallecer en estos días, “Dios a la gloria le cambió de nombre y le puso Perú”, durante 4 días. La sencillez de tus palabras se encargó de hacerte un lugar en el corazón de todos los pueblos originarios de la Amazonía a los que mencionaste uno a uno con el mismo cariño y el mismo afecto de un hermano al que no veíamos hace mucho tiempo. Ese rostro plural de una variedad infinita y de una enorme riqueza biológica, cultural y espiritual que venía hacia tí, con la confianza de encontrar al pastor y de escuchar sus palabras reconfortantes y principalmente esperanzadoras. Te hiciste uno de ellos para convertirte en su portavoz y reclamar por la invasión de sus tierras y por la imposición del estado en políticas que niegan su presencia y que simplemente los vuelven un objeto decorativo dentro del panorama de opresión global del que forman parte. Asimismo, nos preguntaste, “¿dónde está tu hermano?” y nos dimos cuenta que, a pesar del tiempo y de las políticas nuevas nada ha cambiado y seguimos negando al verdadero hermano de Perú profundo a través de la trata de personas y la minería indiscriminada.

Además, no olvidaste a la familia que ha sido siempre la institución social que más ha contribuido a mantener la cultura y que hoy por hoy es la más atacada por una política de gobierno alineada con la ideología de género. Y no te olvidaste de la lengua materna de los incas cuando dijiste “tinkunakama”, que significa “hasta un próximo encuentro”. Y una vez más nos recordaste lo que llamas la cultura del descarte, aquella que minimiza a nuestros ancianos. Pero no dejaste de recordarnos que la esperanza se debe mantener viva y debe ser fruto de la oración, la oración en comunidad. Y dejaste enamorado a todo Puerto Maldonado, sin olvidar los principitos a los que les dijiste que no se conformen con ser vagones de cola de la sociedad enganchados y dejándose llevar, sino que necesitan ser motores que escuchen a sus abuelos y que valoren sus tradiciones. Finalmente le recordaste a los políticos que la corrupción es un virus social, un fenómeno que infecta todo, siendo finalmente los pobres y la Madre Tierra los más perjudicados.

Al día siguiente, el recibimiento en Trujillo fue más que espectacular verte rodeado de danzantes de marinera que luego te volvieron a un abrazo no se podrá olvidar fácilmente. Además de tener gestos tan grandes, como con la anciana Trinidad de 99 años quien, ciega, solamente pedía tocar tu mano y obtuvo más que ello, un abrazo y un beso. En la misa encontraste a tantas comunidades con sus imágenes desde la Virgen de la Puerta de Otuzco, hasta el Señor Cautivo de Ayabaca a los cuales rendiste veneración y el respeto que esa gente necesita. Yo aprendí de un profesor que el día en que la gente pierda estas festividades alrededor de la religiosidad popular, ese mismo día perderemos nuestra identidad como peruanos.

Comparaste la dureza de La tempestad que enfrentaron los apóstoles, con la adversidad de la naturaleza a través del niño costero, que Dios no es ajeno a lo que sentimos y sufrimos al contrario en medio del dolor nos entrega su mano. Y una vez más alzaste tu voz para recordarnos que los peruanos en este momento de la historia no tenemos derecho a dejarnos robar la esperanza. Así confiaste en la virgencita de la puerta para dejarnos tu bendición.

Mientras tanto, a los religiosos les dijiste que deben tener una conciencia alegre, que se aprenda a reír de uno mismo porque eso da la capacidad espiritual de estar delante del Señor con nuestros límites errores y pecados, pero también con nuestros aciertos. Y en la plaza principal nos invitaste a luchar contra el feminicidio y lanzaste la propuesta de una legislación que repudie toda forma de violencia.

Y hoy dejaste tantas frases como la de “no photoshopear” nuestra vida, la de no filtrar, ni decorar sino, más bien mostrarnos como realmente somos, asimismo recordaste que los jóvenes son los que van rápido, pero los viejos son los que conocen el camino esa mezcla es dinamita pura.

La sensación de ser feliz por verte pasar un solo instante, la posibilidad de soportar el calor y las grandes colas por sólo escucharte, nos hacen olvidar al menos por unos días lo duro que puede ser vivir en la incertidumbre de no saber lo que pasará mañana. Vi lágrimas en los ojos, vi sonrisas, escuché palabras de aliento, en estos días nos conocimos entre nosotros en el afán de conocerte.

Hoy puedo asegurar, sin ánimo a equivocarme, que muchos peruanos hoy duermen felices a pesar del cansancio o de la dureza del viaje. Gracias Francisco.

Por Miguel Angel Valdivieso Morán, Corresponsal Dhcatólico desde Lima, Perú