Una montaña rusa llamada JMJ 2016

3 semanas, 3 destinos, un objetivo: encontrarnos a nivel mundial con la juventud de Cristo y con su Santidad el Papa Francisco. Podría escribirles sobre cada cosa que hice, cada sitio que visité y hasta podría detallarles sobre cada día que pasamos en Polonia como una cronología, sin embargo, considero que es más importante ir al grano de los frutos, cuestionamientos, ideales y carismas que resultaron de esta jornada antes de leer un relato egocéntrico sobre todo lo que viví allá.

Cuando viajas siempre te haces expectativas sobre lo que vas a experimentar. Y si se trata de una JMJ con el Papa, una sede llena de historia y cultura como Europa y un año santo de la misericordia en medio de la jornada, las expectativas que podemos llegarnos a hacer son altas y de una medida bastante peculiar acorde a nuestra situación actual. ¿Tener un desierto? ¿Encontrarme con Jesús en medio de la multitud? ¿Vivir una experiencia inolvidable espiritual? Los que hemos ido a jornada sabemos que sí, en efecto, vas a vivir una experiencia espiritual porque entre los días en las diócesis, las catequesis súper atinadas del Papa y la constante asistencia a Misa de salida vas a tener un encuentro personal con Cristo, sin embargo, viajar hasta un país desconocido con una millonada de jóvenes no es un trecho sencillo y te lleva a estar constantemente pegado o limitado a lo que deseas hacer o adónde quisieras estar porque al asistir en son de grupo o comunidad tus ideales, pensamientos y deseos personales se ven opacados por lo que le corresponda al grupo, lo que le toque hacer y adónde le sea factible asistir. Entonces, probablemente te veas bajo la incómoda pero necesaria situación de dejar atrás tus sueños personales o tu agenda personalizada con la lista de cosas por hacer, lugares que visitar y hasta cosas qué decidir hacer para acoplarte al sistema de comunidad. Y ojo, esto no es malo, es al contrario, una de las enseñanzas más efectivas que busca dejarnos la jornada pero que muchos en su limitada mente no logran captar y en consecuencia, llegan a decepcionarse y molestarse por la situación. ¿Por qué viaje hasta Polonia para regirme a lo que dice el grupo? ¿Por qué no puedo tomar mi mochila y dirigirme adónde yo quiera? ¿Por qué debo ir a esta basílica si yo investigué por meses los horarios de misa de la otra basílica dónde está la reliquia que yo quiero ver y ahora resulta que no puedo ir? ¿Y por qué siento que todo a mi alrededor le falta espiritualidad?

He aquí el primer punto que quisiera aclarar de la JMJ. No es un retiro y no es un desierto. La jornada es una oportunidad para peregrinar y compartir la fe con jóvenes de todo el mundo. Es un evento lleno de alegría, de oración y de un compartir de culturas, idiomas y colores regidos bajo un mismo sentir de religión: el catolicismo. Sin embargo, esta fiesta de la juventud de Cristo aunque posee una alta espiritualidad con cada actividad organizada y cada encuentro con el Papa, va ligada a un mar de situaciones como la corredera, las largas filas, el ruido de los millones de asistentes y las fotos (realismos ante todo) que evidentemente convierten la experiencia en algo un poco más casual. Y si tú como peregrino te dejas agobiar por eso, no la pasarás nada bien. ¿Qué pasa si justo cuando va a dar inicio la catequesis en la parroquia que te asignaron uno de tus compañeros se siente mal y deben llevarlo al hospital y tú debes ir porque sabes hablar inglés? ¿Vas a dejar que tu hermano sufra porque para ti lo importante es la catequesis? ¿Qué tal si justo a unos metros de tu parroquia asignada había un museo de historia de San Juan Pablo II pero la agenda de tu diócesis dice que deben ir todos como comunidad a una presentación en el centro del pueblo? ¿Te molestarás por no poder ir adónde tú querías?

Creo que esa es una de las claves de vivir la jornada: olvidarse del YO para comprender el NOSOTROS de la comunidad a la que perteneces, porque si la jornada se tratase de un evento para complacer solamente tus gustos entonces cada quién iría solo. Por otro lado, la JMJ también buscó crear puentes y tumbar barreras (el Papa lo dijo en una de sus intervenciones magistrales de los actos centrales). Y me resulta cómico y la vez muy interesante comprender los caminos del Señor con respecto a este punto. Hay una realidad por lo menos en el área juvenil de la iglesia católica panameña y aunque seamos testarudos y nos hagamos los renegados, es una situación verídica y científicamente comprobada. Aunque todos somos la misma iglesia, somos jóvenes de Cristo y todos deberíamos vivir en armonía, siempre está por ahí latente el sentido no muy sano de competencia entre comunidades juveniles. Y si alguien viene a decirme que estoy exagerando, que mire el espejo de su parroquia primero y luego me tira la piedra. Llámenlo competencia sana, un toque de envidia o algo de egocentrismo, sí existe la discordia ya sea leve o severa entre grupos juveniles y algo que buscó hacer esta JMJ a título personal fue unirnos con grupos y personas que quizás no conocíamos, otras que veíamos de lejos mas no buscábamos entablar amistad y otras de las que teníamos pensamientos errados. La primera semana buscaba efectivamente eso, generar un vínculo persona y con suerte fuerte entre los jóvenes que les tocaba convivir juntos por toda una semana en una misma parroquia polaca anfitriona y así descubrir que aunque somos de parroquias diferentes, al final somos muy parecidos y en efecto, podemos dejar de lado las diferencias o malentendidos y llevarnos bien. Y todo eso se logró en una semana. Por eso, a nivel personal me pareció gracioso pero interesante venir a conocer personas maravillosas de mi país a miles de kilómetros de distancia sólo porque el destino y las listas de la delegación organizadas así lo quisieron. Lo mismo con nuestros hermanos polacos, ¿quién diría que ahora cuando subo una foto en Instagram tengo una buena cantidad de “likes” y comentarios de chicos que viven del otro lado del mundo? Bueno porque así funciona este “mix” cultural producto de la JMJ, se trata de unir almas, estrechar lazos y por la convivencia casi obligada generar amistades nuevas tantos locales como de afuera que por ser de una misma profesión de fe pueden llegar a compartir muchos ideales y entablar relaciones de amistad que llegan a durar, producto de una sola semana de intensa pero hermosa convivencia.

¿Qué otra cosa aprendí de esta jornada? Hay que amar la incomodidad. Puedo decir con veracidad que la primera y tercera semana que estuvimos en Polonia fuimos consentidos por nuestras familias y la agenda fue bastante relajante mientras mezclábamos la Misa diaria, los viajes turísticos y el tiempo libre para descansar o convivir en familia, sin embargo, todos concordaremos en que la semana en sí de la jornada fue un desmadre total en corredera, lluvia, incomodidades, sol, sol con lluvia, largas filas y para los que supimos de esos 15 km para llegar el Campus Misericordia podemos añadirles el hecho de perdernos porque es algo que puede pasar estando en un país gigante que no conoces. Esta pequeña lista sin detalles de incomodidades podría causar rabia en cualquiera y probablemente si me hubiese pasado algo de esto en un evento ajeno a la JMJ estaría furiosa, sin embargo, la JMJ jamás prometió ser un viaje turístico con lujos y comodidades. Y si alguien fue hasta Polonia en busca de eso tomó el vuelo equivocado en la fecha incorrecta. ¿Suena ilógico? ¿Ahorrar mucho dinero, ir a formaciones y esperar tanto tiempo para ir en términos logísticos a pasar páramo en otro continente? Par mí tiene algo de sentido y es que la JMJ trae eso como anexo, alegría del joven católico es que por encima de las incomodidades y la lejanía de una viaje lujoso, se trata de un peregrinar dónde nos retamos a diario a sacar la mejor sonrisa y obtener la mejor enseñanza en medio de las incomodidades para al final, recibir con mayor amor y esperanza el mensaje del Papa.

Si les contase con detalles todo lo que experimentamos en esta jornada entre risas, llantos, peleas, malentendidos, alegrías, sorpresas, conflictos, perdidas, accidentes y compartir, podría hacer un libro, sin embargo hay recuerdos que deben quedar solamente en la mente de quiénes lo vivieron y es por eso que este artículo lo he fijado más en mostrar la esencia de la jornada, un encuentro juvenil con el Papa que ponía a prueba la actitudes, que ponía a trabajar la misericordia, que te hacía recordar porque es bueno estar en forma, que te enseñaba a abrir JMJ2019.jpgel corazón a Jesús y los demás, a hacer nuevas amistades, a ser obediente, a dejar el YO para pensar en los demás y en dejar los sueños personales para crear nuevos puentes en conjunto. La JMJ 2016 en Polonia fue un reto enfrentado en comunidad, un sueño hecho realidad que nos dejó enseñanzas que serán para toda la vida y que nos dejó un regalo un reto tremendo: Panamá es la sede la próxima JMJ en el 2019 y es un llamado desde ya para dejar las diferencias, para unirnos de verdad como iglesia panameña en su ámbito juvenil y hacer líos, crear nuevos puentes y tumbar cada barrera que durante mucho tiempo estancó la posibilidad de generar alianzas de amor y de fe con otros jóvenes.

Escrito desde Panamá, para la gloria de Dios, por María Gomez, colaboradora de DH